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martes, 4 de mayo de 2010

SUPER ABUELITA

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Entrevista con Alfonso Aguiló


Entrevista con Alfonso Aguiló
Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE).

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes. Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, y que -para bien o para mal- son habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o nos retrae en nuestro actuar.

Las personas que gozan de una buena educación afectiva suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y hacen rendir mejor su talento natural. En cambio, quienes no logran dominar bien su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de pensar, de trabajar y de relacionarse con los demás. Sobre estas cuestiones entrevistamos hoy a Alfonso Aguiló, autor del libro Educar los sentimientos (Colección "Hacer Familia", Palabra, 1999).


EL OCASO DE UN MITO

- ¿Siendo tan importante la educación de los sentimientos, por qué tantas personas consideran el coeficiente intelectual como el principal indicador del talento personal?

- El asunto viene de antiguo. Desde comienzos del siglo XX, se difundió mucho la idea de que el coeficiente intelectual es un dato de partida invariable y decisiva en la vida de una persona. Afortunadamente, esa idea entró en crisis hace ya bastantes años, pues está claro que poseer un elevado coeficiente intelectual puede predecir tal vez quién obtendrá éxito académico -tal como suele evaluarse hoy en nuestro sistema educativo-, pero no mucho más. No es una garantía de éxito profesional, y mucho menos de una vida acertada y feliz.

Hay otras muchas capacidades que tienen más importancia, y entre ellas están las relativas a la educación de los sentimientos, como el conocimiento propio, el autocontrol y el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse a uno mismo y a otros, el talento social, el optimismo, la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

- ¿Y al prestar tanta atención a la educación de los sentimientos, no cabe el riesgo de caer en una educación excesivamente sentimental?

- Son cosas distintas. Ser persona de mucho corazón, o poseer una profunda capacidad afectiva, no constituye en sí ningún peligro. Y si lo constituye, será en la misma medida en que resulta peligroso tener una gran fuerza de voluntad o una portentosa inteligencia: depende de para qué se utilicen.

Como es lógico, no se trata de sustituir a la razón por los sentimientos, ni tampoco lo contrario. Se trata de reconciliar cabeza y corazón, tanto en la familia como en las aulas o en las relaciones humanas en general.


RECONCILIAR CABEZA Y CORAZÓN

- ¿Y cómo puede buscarse ese equilibrio?

- De entrada, no podemos desacreditar el corazón porque algunos lo consideren simple sentimentalismo; ni la inteligencia porque otros la vean como un mero racionalismo; ni la voluntad porque otros la reduzcan a un necio voluntarismo. La clave está en encontrar una buena armonía.

Por ejemplo, en las últimas décadas se han declarado diversas cruzadas contra diferentes problemas que amenazan nuestra sociedad: fracaso escolar, alcoholismo, embarazos de adolescentes, drogas, violencia juvenil, etc. Sin embargo, una y otra vez se comprueba que suele llegarse demasiado tarde, cuando la situación ha alcanzado ya grandes proporciones y está fuertemente arraigada en la vida de esas personas.

Y eso sucede porque la información, siendo importante, por sí sola suele resolver muy poco. La mayoría de las veces el problema no es propiamente la droga, ni el alcohol, ni el fracaso escolar, sino las crisis afectivas que atraviesan esas personas, y que les llevan a buscar refugio en esos errores.

- ¿La solución entonces es educar mejor los sentimientos?

- En gran parte sí. Al hombre no siempre le basta con comprender lo que es razonable para luego, sólo con eso, practicarlo. El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices que escapan al rigor de la lógica, y que campan por sus respetos moviendo resortes subconscientes de la voluntad y los sentimientos.

- Pero tener mucho corazón a veces también traiciona...

- Está claro que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran corazón. Hay gente de mucho corazón que son alcohólicos, irascibles, mentirosos o poco honrados. Pero de modo general puede decirse que la riqueza y la plenitud de una persona dependen en gran medida de su capacidad afectiva.

Lo más propiamente humano es ser una persona de corazón, pero sin dejar que éste nos tiranice. Es decir, sin considerarlo la guía suprema de nuestra vida, sino logrando que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ¿acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ¿habrían existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace más humanos, más libres, más valiosos.


¿UNA REALIDAD OSCURA Y MISTERIOSA?

- ¿Y cree que la educación de los sentimientos es una tarea un tanto descuidada?

- Sí. Como ha señalado José Antonio Marina, la confusa impresión de que los sentimientos son una realidad oscura y misteriosa, poco racional, casi ajena a nuestro control, ha provocado en muchas personas un considerable desinterés por profundizar en su educación. Sin embargo, los sentimientos son influenciables, corregibles, estimulables. Pueden modelarse bastante más de lo que a primera vista parece.

Es cierto que la mayoría de los sentimientos no se pueden producir directa y libremente. No podemos generar sentimientos de alegría o de tristeza con la misma facilidad con que hacemos otros actos de voluntad (como gobernamos, por ejemplo, los movimientos de los brazos). Pero sí podemos influir en nuestra alegría o nuestra tristeza de modo indirecto, preparando el terreno en nuestro interior, estimulando o rechazando las respuestas afectivas que van surgiendo espontáneamente en nuestro corazón.

- Algunos consideran que eso es esconder los sentimientos espontáneos para sustituirlos por otros que en realidad no se tienen, y que por tanto son falsos, o al menos artificiales.

- Pienso que no debe verse así, pues lo que se busca no es el falseamiento de los sentimientos, sino construir nuestro propio estilo emocional. Debemos ser protagonistas de nuestra propia vida, en vez de pensar que estamos atados a un inexorable destino sentimental.

Si una persona advierte, por ejemplo, que está siendo dominada por sentimientos de envidia, o de egoísmo, o de resentimiento, lo que debe hacer es procurar contener esos sentimientos negativos, al tiempo que procura estimular los correspondientes sentimientos positivos. De esa manera, con el tiempo logrará que éstos acaben imponiéndose sobre aquéllos, y así irá transformando positivamente su propia vida emocional.

- ¿Y los sentimientos influyen en las virtudes?

-Cada estilo sentimental favorece unas acciones y entorpece otras. Por tanto, cada estilo sentimental favorece o entorpece una vida psicológicamente sana, y favorece o entorpece la práctica de las virtudes o valores que deseamos alcanzar. No puede olvidarse que la envidia, el egoísmo, la agresividad, o la pereza, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de la adecuada educación de los sentimientos que favorecen o entorpecen esa virtud. La práctica de las virtudes favorece la educación del corazón, y viceversa.


SER BUENA PERSONA

- ¿Y qué relación piensa usted que hay entre educación de los sentimientos y educación moral?

- Voy a contestarle partiendo de un ejemplo. Recuerdo una ocasión, hace tiempo, en que un profesor amigo mío, refiriéndose a un alumno suyo de once años, de aspecto simpático y despierto, me decía:

"Ese chico es realmente extraordinario, una persona de mucho talento…; es una lástima que no tenga buen corazón. Le gusta distraer a los demás, meterles en líos

y después zafarse y quitarse él de en medio. Suele ir a lo suyo, aunque, como es listo, lo sabe disimular. Pero si te fijas bien, te das cuenta de que es egoísta hasta extremos sorprendentes.

Saca unas notas muy buenas, y tiene grandes dotes para casi todo. Lo malo es que parece disfrutar humillando a los que son más débiles o menos inteligentes, y se muestra insensible ante su sufrimiento. Y no pienses que le tengo manía. Es el más brillante de la clase, pero no es una buena persona. Me impresiona su cabeza, pero me aterra su corazón."

Cuando observamos casos como el de ese chico, comprendemos enseguida que debe prestarse una atención muy particular a la educación moral. Y que una buena educación sentimental ha de ayudar, entre otras cosas, a aprender -en lo posible- a disfrutar haciendo el bien y sentir disgusto haciendo el mal.

- Eso no siempre es fácil. ¿Cómo puede lograrse?

- En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que son como insectos infecciosos que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda. Y a sentirnos mal en caso contrario.


EL ATRACTIVO DEL BIEN

-Pero hay ocasiones en que hacer el bien no resulta nada atractivo...

- Es cierto, y por eso digo que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral. Por ejemplo, si una persona siente desagrado al mentir, y satisfacción cuando es sincero, eso será una gran ayuda en su vida moral. Igual que si se siente molesto cuando es desleal, o egoísta, o perezoso, o injusto, porque todo eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos otros argumentos. De ahí la importancia de educar sabiendo mostrar con viveza el atractivo de la virtud y el bien.

- ¿Por qué es tan importante esa imagen?

- Si una persona logra formarse una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y procura tener bien presentes esas ideas, es mucho más fácil que llegue a poseer esas virtudes. Logrará, además, que ese camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario, si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre existe, y cuya fuerza no debe menospreciarse), lo más probable es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores le haga más difícil despegarse de ellos.

Por eso, profundizar en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como algo atractivo, alegre y motivador, es más importante de lo que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran simplemente porque la imagen de lo que uno se ha propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.

- ¿Entonces, con una óptima educación de los sentimientos, apenas costaría esfuerzo llevar una vida ejemplar?

- Está claro que de modo habitual costará menos. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien le supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero esa persona sabe bien que siempre sale ganando con el buen obrar.


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Cuánto debe ayudar un hijo en casa

Son las 8 de la noche. Aunque mejor sería hablar de la hora crítica.


Todavía hay algunos haciendo tareas, los zapatos siguen completamente empolvados, falta meter el pollo al horno y el papá viene llegando con cara de haber tenido un día fatal. iQué maravilloso sería -piensa para adentro la mamá- que mis hijos me cooperaran un poquito más. Ya están bastante grandes!

Pero, ¿será sólo un "poquito" lo que debiera esperar una mamá con hijos adolescentes, o lo justo sería que pusieran el hombro todos los días?

Antes de hablar sobre la ayuda que podríamos pedir a los hijos, hay que referirse al tema de "no dar más trabajo" del que ya existe en la casa, lo que, por cierto, no es nada fácil de conseguir: que no entren con los pies embarrados, que no dejen la cocina inmunda cada vez que la usan. Es decir, mucho antes de pedir ayuda a los hijos en la casa, hay que haberles inculcado el no dar más trabajo, y es entre los 7 y los 11 años, principalmente, cuando los niños adquieren determinados hábitos de sana convivencia familiar:

- La ropa sucia no se tira al suelo, sino que se deja en el lugar indicado.

- Los desperdicios se tiran al basurero, no en cualquier parte.

- Las toallas se dejan colgadas en la percha, no tiradas en el suelo.

- Las puertas no se abren ni cierran a patadas, porque se ensucian y rompen.

- Al llegar del colegio las mochilas y el uniforme se dejan ordenados, no esparcidos por la escalera.

Estos son signos de buena crianza. O detalles, dirán otros, pero que cuando los padres no los han cultivado y exigido con perseverancia, generan, después, otro tipo de problemas en la adolescencia. Los hijos no valoran el trabajo ajeno, ni lo que significa vivir en un hogar ordenado, y sus consecuencias en el uso y aprovechamiento de los recursos disponibles. Tampoco se considerarán parte de un equipo, donde lo que hagan o dejen de hacer afecta a los demás.

Por lo tanto, cuando los niños han sido desde chicos educados para poner en práctica estos hábitos, el trabajo diario de la casa se ve bastante aliviado. Recién ahí podemos pensar en pedir ciertas colaboraciones a nuestros hijos. Estas "ayudas" se pueden dividir en tres grupos:

- Las que se refieren a sí mismo: mantener su pieza, escritorio y closet ordenados, preparar su ropa para el día siguiente, hacer la cama los fines de semana.

- Las que tienen que ver con la convivencia y que implican una rápida disposición de ayuda: contestar el teléfono en vez de dejarlo sonar hasta que el del otro lado se aburra, recoger lo que está tirado, estirar la alfombra para así evitar que el siguiente aterrice en el suelo.

- Las que se relacionan con el bienestar de los demás: comprar el pan, lavar...

Nadie más beneficiado que el hijo

Que un hijo se haga cargo de sus propias cosas debiera ser una obligación permanente, porque aunque en apariencia esta ayuda es un alivio para la mamá y la empleada, el más beneficiado es él mismo. Mucho mejor para él saber dónde guardó la chamarra negra o dónde escondió la primera carta de la amiguita, que pasar horas de horas buscando.

Puede que suene duro decirlo y más que los padres lo oigan, pero si un hijo entre los 12 y 16 años no es capaz, al menos, de preocuparse por sus cosas, nadie más que los padres son los responsables. ¿Por qué? Porque lo sobreprotegen y lo tratan como un niño chico cuando ya no lo es o porque no se han dado el minuto para reconocer sus capacidades. Un caso: el papá que le pide a su hijo de 12 que le enchufe el taladro, ante lo que el hijo, atónito, le contesta: "¡Genial, si hasta hoy no tenía permiso para tocar los enchufes!" O porque los hacen sentir el "síndrome de la abundancia inagotable": esa mamá que cuando su hija de 15 años se fue de viaje de estudios le pidió que, por favor, no volviera con toda la ropa interior sucia. Fácil, pensó la hija, y la botó a la basura.

Formar parte de un equipo


Será mucho más fácil conseguir cualquier tipo de ayuda, en la medida que hagamos ver a nuestros hijos que la casa no es ninguna pensión donde se come y se duerme, sino que un hogar. Y, por lo tanto, los padres y los hijos deben entender que todas estas "ayudas" no son, simplemente, para que la casa "funcione", sino para que exista más armonía.

Día a día, surgen un sinfín de situaciones que requieren de la ayuda de todos: el teléfono que suena, las luces encendidas, no hay papel en el baño, etc. Por eso es importante dejar en claro que la familia es un equipo y que por ello es fundamental que el que usa el baño debe dejarlo impecable para el siguiente.

Este tipo de ayudas, más que exigibles, son inculcables, lo que requiere de perseverancia y, por supuesto, de ejemplo.

¿Me reemplazarías?

Por último, están las ayudas relacionadas con el bienestar de los demás y que constituyen el sueño de algunos papás: que sus hijos los reemplacen en tareas que les corresponden a ellos: las compras de la casa o estudiar con los hermanos más chicos.

A todas las familias les llega el momento de recurrir a estos encargos, ya sea porque la mamá trabaja en una oficina, porque no hay una empleada, es de puertas afuera o, simplemente, porque es una familia numerosa. Pero aquí los padres deben tener presente que es sólo una ayuda y que en ningún caso los libera de ser los responsables de que en la despensa no quede una lata de atún o de que a la Teresita le haya ido mal en la prueba de matemáticas.

Hay que tener cuidado en este sentido, para no caer en la tentación de pedir a los adolescentes encargos familiares para los que todavía no están maduros. Aquí la sabiduría de los padres a la hora de proponer ayudas es fundamental. Deben ser específicos y pedirlas por un tiempo limitado; sirve, además ir rotando lo pedido entre hermanos de edades parecidas. La idea es que el encargo no parezca un castigo. Ejemplos: pagar algunas cuentas de la casa, cocinar cuando no está la empleada o ir a buscar al hermano al colegio.

Tampoco hay que olvidar que pedir alguna ayuda no significa interrumpir -a menos que sea imprescindible- sus obligaciones, como tareas, horas de estudio, compromisos en el colegio, ni tampoco interponerse en sus panoramas. Lo lógico -y más sensato- es que si el sábado está invitado a un asado, vaya y no se quede lavando platos.


En la práctica

Los encargos deben plantearse como una cooperación y no como una tarea obligada. Por eso la importancia de hacer ver a los hijos que éstos se hacen por amor a la familia y al hogar.

- Es bueno recurrir a los hijos, aunque exista ayuda doméstica. A la larga, cualquier trabajo que ejerzan en la casa, es cuna de buenos hábitos.

- Los encargos deben asignarse independientemente del sexo de quien lo recibe. La vida tiene muchas vueltas y es muy útil que un hombre sepa hacer aseo y una mujer pueda arreglar un enchufe. Hay que dar la posibilidad de aprender a hacer de todo en la casa.

- Entre los 12 y los 16 años es la etapa de los estirones. Están más grandes, pero también más desarticulados. Tal vez no sea conveniente pedirles que sean los encargados de lavar los platos, a menos que la loza sea francamente barata.

- un "no" rotundo al pago por favor concedido. De vez en cuando no les vendrá mal una pequeña recompensa económica, pero de ahí a establecerlo como una política casera sería fatal. Jamás harán nada ni por cariño al hogar ni hacia los demás.

- No, también, a la incongruencia de los padres. Mala señal será para los hijos si ven a sus papás tratándolos a ratos como niños, a ratos como adultos. Si los mandan solos a hacer algún trámite del papá, bien podrán irse solos a la casa del amigo (obviamente, si la distancia y la hora no implican un riesgo).


"¿Por qué a mí no me resulta pedir ayuda?"

- Porque usted va detrás corrigiendo y haciéndolo todo de nuevo. Hay que tolerar la cama arrugada, los cubiertos puestos al revés, los platos mal enjuagados... Nadie hace las cosas bien a la primera. Su hijo se sentirá importante si usted lo considera y cree en él y en sus capacidades.

- Porque no sabe pedir la ayuda adecuada. Primero observe y vea cuáles son las habilidades naturales de cada hijo. No le pida al más brusco que le guarde los platos.

- Porque usted es una maniática del orden y le gusta que su casa esté impecable las 24 horas del día. Esperar a que un adolescente ordene sus cuadernos cuando llega del colegio o se "mueva" para barrer el jardín supone paciencia y tolerar el desorden durante un rato. Controle el ataque y, una vez pedida la ayuda, no lo haga usted.

- Porque tal vez, sin darse cuenta, es sobreprotectora: usted ya no se acuerda de lo que era capaz de hacer a esa edad, pero es más de lo que usted cree. Los niños de familias de más bajos recursos son muchísimo más autónomos y desde muy pequeñitos van solos a comprar, llevan a sus hermanos al colegio y los cuidan mientras los padres salen a trabajar.

Entre Familia Soy Feliz
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HIJOS FELICES



La cuestión se formula en los siguientes términos: si usted tiene demasiados hijos, no les puede dar lo mismo que si sólo tiene uno, dos..., como mucho tres. Incluso hay sesudos sociólogos que cuantifican muy bien el problema, hasta con fórmulas algebraicas. Por ejemplo: si usted pertenece a la clase media, o es funcionario público, o ejerce una profesión liberal, o es dueño de un establecimiento comercial, y tiene dos hijos, podrá darles estudios superiores, subvencionarles cursos de inglés en el extranjero y pagarles la entrada de un piso de dos habitaciones, salón comedor y cocina. Es decir, les facilita el ser felices de mayores. Pero si tiene tres, ya no podrá pagarles la entrada del piso, y si tiene cuatro no digamos.

Esta digresión se me plantea como consecuencia de un artículo escrito hace unos meses, en el que sostenía que no hacía falta que nuestros hijos supieran montar a caballo, ni realizar múltiples actividades extraacadémicas para que fueran felices. Pero cometí la imprudencia de rematar el artículo con una interrogante: ¿Entonces qué nos aconseja usted? Y efectivamente, algunas lectoras de TELVA, con encantadora ingenuidad, me preguntan: ¿qué nos aconseja usted para que nuestros hijos sean felices? Si yo fuera capaz de contestar a esa pregunta, sería el hombre más sabio del mundo. Para salir del paso suelo contestar que quererlos mucho y que ellos se sepan queridos.

Pero en un coloquio en el que me tocó participar recientemente, una de las asistentes, no conforme con tan elemental respuesta, insistió en saber cómo había que quererles, y si se podía querer lo mismo a muchos que a pocos hijos, y hasta qué punto el exceso de hijos no limitaba sus posibilidades formativas, ni les privaba de un razonable bienestar material. Un lío. Lo único que quedó claro es que en los tiempos que corren el problema no es de exceso de hijos, sino de defecto, sobre todo en España, en el que ustedes las mujeres están quedando fatal en lo que a fecundidad se refiere, con una tasa del 1,6, la más baja de la Comunidad Europea.

A tal extremo han llegado las cosas que, según una encuesta realizada por la Universidad de Valencia, lo que más echan de menos los niños españoles son hermanos con quienes jugar. Eso ya lo tenía comprobado yo en mi familia, y en las familias colaterales que arrancan del mismo tronco. Cada vez que alguna de las mujeres de mi vida se queda en estado se produce una auténtica conmoción, y cuando el niño nace, el estallido de alegría es épico. Una de mis hijas mayores ha tenido dos hijos, y como tiene serios problemas para tener más, ha iniciado complejos trámites para adoptar niños colombianos. ¿Por qué colombianos? Porque hay más y hasta se pueden adoptar de dos en dos. Esto último es lo que pretendía mi hija, pero su marido le ha convencido que es mejor probar de uno en uno. Los que más encantados están son sus dos hijos (de 14 y 12 años), ante la idea de tener un nuevo hermano. A mí, dado el amor que tengo por aquellos países, no me desagrada la idea de convertirme de la noche a la mañana en el abuelo de un indito chibcha, guajiro o mulato.

¿Qué pasa?, podrían preguntarme, ¿es que es usted partidario de la familia numerosa? En esta ocasión sí tengo respuesta: ni soy ni dejo de ser, pero vivo inmerso en ella por los siglos de los siglos. Nací el pequeño de nueve hermanos y, a su vez, he tenido nueve hijos. Por tanto, sólo sé cómo se vive en el seno de familias numerosas, y mi impresión es que no se vive mal del todo. A veces la convivencia resulta compleja, ardua, pero en ningún caso aburrida.

Volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué hace falta para que los hijos sean felices? Pues, según la citada encuesta de la Universidad de Valencia, ya hemos visto que hace falta que tengan hermanos, pues si no, sobre todo en las grandes ciudades, se sienten aislados y acaban buscando la compañía que menos les conviene: la de la televisión indiscriminada. Pero según el mismo estudio, el 98 por 100 de los niños encuestados (entre 4 y 14 años) lo que más les atrae es estar con sus padres. Y aquí viene la gran paradoja: muchos padres bien intencionados, pero un tanto despistados, se pasan mucho tiempo fuera de casa, trabajando, y no quieren tener más de uno o dos hijos, para poder darles de todo. De todo menos lo que parece ser que los niños quieren: más hermanos y más compañía suya.


Entre Familia Soy Feliz

EL MUNDO VIVE EN LA DOXA….



EL MUNDO VIVE EN LA DOXA….

Por: Manuel Lule

¡Oye amiga, yo tengo el remedio buenísimo que te va a curar, tomate esto y listo. ¡No si te digo… ese arbitro está ciego o vendido, debería de haberlo expulsado…¡Oye si yo fuera diputado de verdad que haría los cambios necesarios para expulsar a todas las ratas del gobierno…!

Cuántas veces hemos escuchado en alguna fiesta o reunión social frases como estas o del tipo de estas, mi querido amigo lector hoy en día todos somos médicos, todos somos los excelentes analistas deportivos y también porque no… el perfecto candidato para decirle al presidente como se hacen las cosas en este país…y pregunto yo en que nos fundamentamos, qué información solventa lo que meramente opinamos, de donde tomamos lo necesario para hacer un juicio y todavía atrevernos a decir, es que esto es mi verdad… No cabe la menor duda, vivimos en un mundo basado en la Doxa y muy lejano de la espisteme.

Estos dos términos del griego antiguo son sumamente apreciados por los filósofos, los cuales con facilidad le ayudan a uno a quitarse el velo de los ojos y nos hacen entender un poco más porque vivimos en un México que en ocasiones se torna mediocre y falto de cultura, déjeme explicarle. Para los griegos la DOXA se refería a la mera opinión que tenía una persona sobre su mundo y la EPISTEME era al conocimiento intelectual basado en estudios, basado en cosas con sustentabilidad; ahora bien, una persona Doxa simplemente emitía juicios basados en su mera experiencia, mientras el filosofo por lo regular generaba episteme, es decir, conocimiento solventado por la razón, en pocas palabras los juicios que emitía se basaban en verdaderos razonamientos elaborados por medio del estudio.

Le pongo un ejemplo, basta que algún comentaristas de noticias emita un comunicado, el cual en sobradas ocasiones no tiene fundamento alguno y ya lo creemos como si fuera una verdad absoluta, esta misma información escueta la transmitimos de boca en boca generando una mera opinión del asunto, trasciende nuestros círculos cercanos, cae en manos de políticos mal intencionados y se politizan las cosas, nos hacemos de dos bandos y de nueva cuenta se queda la propuesta que puede cambiar al país, en chismes, alegatos y cosas que no ayudan …en nada.

¿Se da cuenta?... estamos envueltos en meras opiniones y no en razones sustentadas, alguna ocasión escuché de un conferencista especialista en su materia la frase que llegó a lo más profundo de mi corazón “dar razones de nuestra esperanza”, en qué nos basamos para decir tal o cual dicho, qué lo sustenta, para los filósofos griegos la búsqueda de las razones los llevaban a investigar, a estudiar a otros pensadores y eso les provocaba una sed interminable por conocer, a continuación lo explico con un esquema muy sencillo.

Hagamos un análisis de esto: Si quiero emitir juicios solo por el hecho de quedar bien esto puede ser muy delicado ya que quizás no cuento con información suficiente que sostenga lo que voy a decir, entonces lo mejor es no opinar y reconocerme ignorante sobre ese tema…sí efectivamente, suena duro pero así es, es usted un ignorante, y si tiene la humildad para reconocerlo entonces está listo para el segundo paso, se va a poner a estudiar, investigar a indagar y se asombrará de las cosas que va a descubrir sobre tal o cual cosa, asombrarnos como lo hacen los niños en su proceso de aprendizaje, esto nos habla de la sed por aprender, las ganas de ser mejor persona, las ganas de trascender en este mundo.

Siguiente paso al cultivarse entonces y solo entonces tendrá la capacidad de entrar en la Episteme misma que le generará más capacidad de asombro, esto es un ciclo sin fin y es lo que verdaderamente nos hace tener conocimientos verdaderos.

Nos explicaba un maestro en filosofía, “lo que pasa es que hemos abaratado o diluido el conocimiento”, pensamos que porque está escrito en Internet es absoluto, que por qué lo dijo tal o cuál líder de opinión, es verdad, es más que por que apareció en una revista de chismes es lo único y porque lo dijo Niurka es entonces ya su verdad….por favor, esto es pura Doxa y nos hace un daño enorme a la cultura en general.

Entonces que se puede hacer, muy simple sentirnos que somos ignorantes que no lo sabemos todo y seguir fomentando el circulo de aprendizaje para que no perdamos nuestra capacidad de asombro, un buen libro, una buena revista especializada basada en hechos comprobables, en fin puede ser hasta un buen programa de televisión, pero si con lo único que nos queremos quedar es con “la guerra de chistes del borrego Nava” que pasa por Telehit… entonces de qué tendremos lleno el corazón para expresarlo a los demás…por favor.

Hoy en día nuestros hijos cuentan con muchos canales de información, responsabilidad nuestra es conocer el origen de esa información y conducir a los muchachos por lo que verdaderamente es sano, cualquiera tiene la oportunidad de emitir mensajes gracias a este mundo de comunicaciones pero esto no significa que sea lo mejor para nuestras vidas, para nuestras familias. Creo y estoy convencido que nos acercamos cada vez más a la formación de juicio en nuestros hijos, esto es, cada vez tendremos que trabajar más en ellos para que estén preparados a ejercer sano juicio ante la eventualidad, ante el amigo que le ofrezca droga, pornografía o vicios de ingesta, para que en el momento en que nosotros como padres no estemos presentes, ellos puedan decidir correctamente de tal forma que nada atente contra su naturaleza contra su persona y dignidad humana.

Esto se va a lograr en la medida en que adquieran cultura y conocimientos, en la medida que sean generaciones adictas al estudio y el desarrollo humano, en la medida en que busquen el bien común y fortalezcan los lazos de solidaridad.

Vamos purificando nuestras generaciones y fomentémosle el estudio y la investigación seria, es decir, luchemos porque no se dejen llevar por la Doxa y sean buscadores de la episteme.


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CATARATAS DENTRO DE MI CASA


CATARATAS DENTRO DE MI CASA

POR: MANUEL LULE

Era domingo por la tarde en lo más candente del sol de las doce cuando me puse de acuerdo con mis hijos en darnos un buen regaderazo de agua fría, como mi casa no cuenta con alberca (aun viviendo en Cuernavaca), decidimos montar una inflable debajo de la regadera para hacer un “Acapulco en la azotea”, todo iba bien hasta que después de un rato de chapucear, nos dio hambre y decidimos salirnos de nuestro confortable juego… cual va siendo nuestra sorpresa que en un segundo se salió el agua y en un momento rodó por todas las escaleras haciendo una verdadera cascada, los niños se alarmaron, yo corrí para contenerla, la escena se torno de dramática a cómica, cuando me patinaron los pies y con un solo movimiento me encontraba en el suelo, adololorido con la escoba entre las piernas y las más impactantes carcajadas de mis tres pequeños, no me quedo otras cosa más, que reír con ellos y encontrarle el lado bueno de la vida….

Por qué quise empezar contando esta anécdota, porque desgraciadamente existe un gran número de padres de familia que se les ha olvidado disfrutar a sus hijos, se les ha olvidado reírse con ellos y se les ha olvidado hacer hasta el ridículo, con tal de pasar un buen rato agradable, dicen los especialistas que muchos de estos padres caen en el síndrome conocido como de adultismo, esto es en palabras sencillas “tomar un roll demasiado severo de ser padre y olvidarse de las cosas agradables de la vida”.

Quizás algún lector me mal interprete y me critique por ser exagerado, quizás otro podría decirme “no tengo tiempo para bobadas” u otro me anteponga el trabajo y la ausencia económica muy común en nuestra patria por un buen momento de gozo con los hijos, pero déjeme explicarle una cosa, el continuo incremento del adultismo nos puede llevar a situaciones difíciles para con los hijos, déjeme mostrarle algunas cifras de la situación que se da en México.

Según la UNICEF en encuestas recientes, México sufre el 35% de su violencia en los hogares debido al abuso de los adultos sobre sus propios hijos, otras cifras más estremecedoras nos revelan que 80 mil niñas, niños y adolescentes, mueren todos los años en el país, como consecuencia del flagelo de la violencia en sus hogares.

¿Qué nos está pasando en nuestros hogares?, ¿En qué momento se pierde el piso en la comunicación con nuestros hijos?, ¿En qué condiciones está la persona cuando pierde el control con sus hijos?....

Todas estas preguntas se enlazan y nos generan una cultura de violencia, pero yo me pregunto, ¿cómo celebrar en México este próximo día del niño si tenemos estas cifras alarmantes que nos pesan como sociedad?...

Entre los actos más frecuentes de violencia familiar encontramos: la violencia física, la psicológica y la sexual, precisó Jacob Pinheiro, quien anotó que tales abusos los cometen en la mayoría de los casos padres, madres, padrastros, madrastras, padres y madres de acogida, hermanos, y cuidadores.

Por lo tanto es necesario acabar con los círculos de violencia que se enraízan en lo más profundo de nuestras familias, en primer lugar necesitamos reconocer que se está dando una forma de violencia en nuestra familia, puede ser la madre, el padre o un familiar, en ocasiones un vecino es el detonante que puede denunciarla para que pare.

El generador de violencia debe reconocer ante todo que tiene un problema, que no va a resolverlo solo y que es necesario una ayuda, una terapia, el acercamiento a un especialista que pueda ayudar en la búsqueda de la raíz de esa violencia para que no vuelva a rescindir en la misma, la violencia es un círculo de vicio cíclico, que tarde o temprano tiende a repetirse cada vez más y en un grado mayor de conducta reactiva, el agresor por lo tanto debe detenerla encontrando su origen, conociendo las causas que la detonan y formando una nueva actitud y mentalidad por medio de un proceso de nuevos hábitos que lo lleven a liberarse de las cadenas de opresión, a continuación mostramos el ciclo de la violencia que ayuda enormemente a los allegados a la problemática a detener su continuidad.

Mientras no detengamos y hagamos conciencia al agresor sobre todo en la etapa de aparente calma difícilmente desterraremos la violencia de nuestros hogares, ahora bien en cualquier etapa del ciclo se puede detener y evitar la agresión se han dado casos que en el momento de la explosión han tenido que intervenir autoridades y hasta fuerza pública para evitar las reacciones, lo importante querido amigo es romper con el ciclo de la violencia.

Existen clínicas de rehabilitación, terapeutas especializados, terapeutas en familia, en fin, un sin número de profesionales que pueden atender este tipo de casos y ayudarnos a resolver la violencia en la familia pero el primer paso es darnos cuenta que algo serio está pasando y es momento de hacer un alto.

Ya basta de las frases tan trilladas como “usted qué se mete, así yo educo a mis hijos”, “es normal ya se le pasará lo enojado”, “El es bueno… solo que se desespera”, etc… basta no podemos seguir viviendo en una falsa mascarada y permitir que las vejaciones se sigan dando dentro de nuestros hogares qué más que sitios de cobijo, refugio y amor se convierten en verdaderos campos de tortura y concentración.

Lo invito pues querido lector a que acuda a los centros de atención de estas situaciones en el estado como son el DIF Estatal, la Secretaría de Educación Pública tratándose de la violencia en los colegios, estoy seguro que ahí podrá tener una respuesta pronta a la situación que vive en su hogar.

Lo aliento también, a formarse en las escuelas de padres que se imparten en los centros de estudios de sus hijos, muchas veces una conferencia o cátedra en torno al factor humano puede abrirnos los ojos entorno a nuestra situación y crisis familiar, el gobierno de Morelos ha impulsado fuertemente estos talleres con el fin de darle herramientas necesarias para su vida, nunca desaproveche estos momentos, los cuales pueden darle muchas luces sobre la mejor manera de proceder en caso del abuso que se da en los ambientes hogareños.

Que este próximo 30 de abril, de verdad sea un bonito día del niño para nuestros hijos con unos mejores padres, más conscientes y desbordados en amor para su prole, le recuerdo que es poco el tiempo en que permanecerán en nuestros brazos, el día de mañana cuando usted y yo seamos viejos añoraremos con lágrimas un abrazo, un beso, un cálido cariño de parte de ellos, no lo desaproveche…. ame hasta que duela, y detenga prontamente la catarata de violencia que sufre su casa.

Entre Familia Soy Feliz

Por una cultura de la confianza



Nieves García Mujer Nueva

Por fin se estrenó la película esperada. Un joven se pone a la cola de la taquilla para comprar unas entradas de cine. Después de dos horas de espera le toca el turno. Ha olvidado el carnet de estudiante y la señora de la taquilla le dice: “¿Cómo puedo saber que me estás diciendo la verdad y que realmente eres estudiante?...” El joven, sonríe resignado, y le dice: “Sólo tengo mi palabra”. Ella le contesta: “No te conozco, así que no tengo por ello motivos para desconfiar de ti. Aquí tienes las entradas… a precio de estudiante” .

Un importante ejecutivo de una compañía americana llega con el tiempo justo para coger un vuelo, pero en el mostrador se da cuenta que, con las prisas ha olvidado el billete en la oficina. “Lo siento, no puedo darle el pase de abordar”, es la primera reacción de la azafata que está detrás del mostrador. “Srta. llevo 15 años volando con ustedes, mi nombre está en la computadora, existe ese billete, está pagado, pero no lo tengo aquí conmigo… Solo le pido que confíe en lo que le digo”. Y después de pensarlo unos minutos, la joven le pidió su pasaporte, sacó una copia, y le entregó un pase de abordar, diciéndole: “Confío en su palabra, solo le pido que me haga llegar ese billete en menos de 48 horas”. Tres meses más tarde, este ejecutivo buscó a esta azafata para ofrecerle uno de los puestos más serios de su empresa: la atención y cultivo de los clientes más importantes de la empresa. Había demostrado que sabía confiar en los demás, y este es el principio fundamental para cualquier relación que se caracterice por ser “humana”.

Son dos ejemplos que hablan por sí mismos. ¡Que necesidad tenemos, en nuestra sociedad, de recrear una cultura de la confianza! Hay medios de comunicación que han escogido presentar siempre y exclusivamente lo malo del hombre. Acaban haciéndonos creer que todos los seres humanos somos enemigos potenciales unos de otros. Es cierto, que los acontecimientos terroristas que hemos vivido en los últimos años tampoco ayudan a crear espacios de confianza, pero si abdicamos en esta lucha de pensar primero bien del otro, estaremos apostando por el suicidio de la humanidad. No hay hombre o mujer que pueda ser feliz sin experimentar que alguien confía en él o en ella. Todos lo necesitamos.

Desde que nacemos, sobrevivimos gracias a que confiamos, de forma casi innata, en que el otro que nos cuida, busca primeramente nuestro bien. ¿Desconfía naturalmente un niño de su madre? o ¿Cuándo duda de que su padre pueda desearle un mal objetivo? De hecho, los traumas infantiles más difíciles de superar provienen precisamente de experiencias de este tipo, porque lo más natural a la psicología humana es creer que quien me dio la vida, me quiere y busca mi bien. Se tiende a confiar naturalmente en ellos.

Toda nuestra vida está hecha de actos de confianza unos en otros. Confiamos en que cuando vemos una señal en la carretera que indica curva peligrosa, es porque va a venir. Ha existido alguien que quería avisarme para evitarme un peligro. Confiamos cuando compramos comida en supermercado en que nadie me va envenenar. Confiamos en los consejos del médico, aunque no le conocíamos antes de acudir a la consulta….

La confianza entre los seres humanos es el principio fundamental que permite la convivencia porque es la base que sostiene la personalidad humana, fundamentalmente una personalidad “relacional”. Toda la estructura psicológica y espiritual del ser humano, está hecha para la relación, para el amor y la ayuda mutua. En gran medida, la seguridad personal dependerá de la experiencia personal en este campo.

Se confía cuando se cree que el otro es alguien que en sí mismo merece la pena, es valioso y admirable, y puedo aprender seguramente algo de él. En una palabra que es “bueno para…”. ¡Basta ya de pensar siempre que el hombre es un lobo para el hombre! No es cierto. Una cosa es que alguien haya actuado mal en una o quizás en varias ocasiones (como todos lo hemos hecho), y otra etiquetar por ello, para siempre a esa persona. Esas etiquetas, a veces son peor que una condena a muerte, porque es difícil cambiar cuando nadie confía ya en esa persona. La confianza en el otro comienza con el pensamiento positivo porque de pensar bien del otro, brotarán los gestos de confianza sinceros hacia él.

Todos queremos un mundo más humano, pero para humanizar al ser humano, hay que comenzar “confiando en él”. El ser humano, en general, tiene un hondo sentido de justicia: dar a cada quien según lo que merece. Precisamente porque tendemos a ser justos, los cambios más profundos en el comportamiento humano, se dan cuando uno se ve tratado, no con estricta justicia, sino con algo que va más allá, con bondad, aún cuando estrictamente no lo merece. Quien haya leído “Los miserables” de Víctor Hugo, recuerda el cambio profundo en el corazón del protagonista, al inicio de la novela. A pesar de la hospitalidad recibida, gracias a la cual Juan Valjean, un expresidiario siempre odiado y tratado injustamente, es invitado a cenar y a dormir en casa de M. Bienvenido. El presidiario se levanta por la noche y huye de la casa tras robar los cubiertos de plata. Enseguida es apresado por un grupo de gendarmes, que le llevan hacia la casa del obispo. Y éste es quien excusa a Jean Valjean delante de la policía, explicándoles que no existía robo alguno porque él mismo le había dado los cubiertos de plata para que los vendiera. La justificación de M. Bienvenido tranquiliza a los policías y deja internamente atónito al antiguo presidiario: "Juan Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua humana". Después de haber robado, recibió no tanto justicia, sino confianza manifestada en comprensión, disculpa y bondad. Hubo alguien que creyó, que a pesar de lo sucedido, él era y podía ser “bueno”. La experiencia de esta confianza, más allá de las apariencias, le cambió el corazón y la vida para siempre.

Merece la pena ver lo que sucede cuando se practica la confianza, y más aún cuando se elige como actitud interior habitual respecto a los otros. Se descubre un espectáculo maravilloso: jubilados que se tenían por inútiles vuelven a sonreír con gusto, adolescentes inconformes que deciden elegir el bien por sí mismos, matrimonios que se salvan, familias que se ayudan unas a otras a salir adelante, amistades que duran toda una vida…

El hecho de que la confianza sea mutua, retroalimenta y motiva pero no es indispensable para que se practique. Es necesario que haya uno que empiece a confiar en el otro. Cada día se nos presenta la oportunidad de hacer al menos, un acto de confianza: ¿Qué sucedería si hoy en mi matrimonio hubiera de mi parte un poco más de confianza en mi cónyuge? ¿Cómo sería hoy mi relación con mis hijos si confiara más en ellos? ¿Qué trato daría hoy a mis empleados si me moviera internamente el “creer más en ellos”? ¿Qué ocurriría si hoy confío en mis padres y en que quizás me quieren más de lo que yo imagino? Un primer acto de confianza, puede ser el principio de una nueva relación y una forma nueva de vivir. Vivir con esperanza.

Habrá quien piense que así no se puede vivir porque siempre acabaremos desilusionados de los demás. Ciertamente quien confía en los otros, sufrirá algunas desilusiones, pero ¿hay mayor desilusión en la vida que la proviene de haber perdido la capacidad de amar y confiar en los otros?

Cada quien elige como quiere vivir y quien quiere ser. Quien decide optar por confiar en los demás, no elige ir con cara de tonto por la vida, sino opta por esforzarse para descubrir el hombre y la mujer buenos, que cada uno lleva en su interior, para hacérselo ver a ellos mismos, y actuar en consecuencia. Quizás sea preferible equivocarse alguna vez por haber confiado de más, que no acertar nunca en el amor por haber dudado siempre de los otros.

La confianza atrae, cautiva y deja ganas de ser mejor. Cambiar todo el mundo es tarea de gigantes, pero cambiar nuestro alrededor solo depende de que seamos capaces de confiar en los otros, en los que tengo cerca, un poquito más para empezar hoy a vivir de… esperanza.

Entre Familia Soy Feliz